martes, 11 de septiembre de 2018

El país del hambre |Capítulo 4|

Una de las mayores virtudes que tiene Venezuela es su clima tropical, con espacio para todo tipo de temperaturas.
El sol brilla en el cielo y hace vibrar nuestras selvas y montañas; llena de esplendor nuestras playas y desiertos. Pero la magia del rey dorado muere cuando estás al ras del suelo.
Sí, cuando estás allí, tan cerca del asfalto, lo maravilloso de esa estrella tan enorme se vuelve opaco y llena de dolor el cuerpo.
El calor tortura cuando viene acompañado del ruido de los autos, el humo, los gritos, el peligro y la desesperanza de ser uno más de los olvidados.

Por eso, hoy quiero presentarles a Carlos, un hombre a quien describir me cuesta trabajo, porque al verlo, sin detallar ni profundizar en su aspecto, la primera imagen es la de un vagabundo. Pero no huele mal, habla mejor que muchos empresarios a quienes he oído, y definitivamente tiene el ímpetu y el alma de un guerrero.

Se baña todos los días, come de vez en cuando y se esfuerza por tener la ropa limpia.
Siempre lleva a Dios en la boca y bendice desde el corazón, con esa mirada llena de gratitud y nobleza a todo el que lo ayuda regalándole algunas monedas.

                Foto: @Marginal_Shot

Carlos tiene 57 años de edad y dos hijos. Un varón, el mayor, a quien el adjetivo de hombre le queda grande. Sus andrógenos salieron defectuosos y no le permiten hacer algo productivo por su vida o por la de sus dos crías.

El hijo mayor de Carlos, de quien no recuerdo el nombre, es el típico prototipo de lo que me gusta llamar "desperdicio de oxígeno". Tiene 28 años de edad y no trabaja, le pega a su hermana menor y no colabora en los quehaceres de la casa. Duerme todo el día y le parte el corazón todas las noches a su papá.

Luego está la hembra. Menor y más valiente, decidida y envalentonada que el varón. Tiene 25 años, trabaja de lunes a sábado en una frutería como cajera y le pinta sonrisas en el rostro todos los días a su chamita.
Ella sí ayuda a papá y lo obliga a recordar que existen cosas por las que vale la pena seguir la pelea todos los días. Ella sí vale la pena, creo yo.

Carlos es un hombre responsable y bonachón. Trabajó 27 años como colector de autobuses en algún terminal de pasajeros de alguna ciudad del país. De allí lo jubilaron hace un tiempo y desde entonces se detiene en algún semáforo, de alguna esquina, de alguna avenida,  a pedir dinero a las almas caritativas que se compadezcan de sus piernas deformes y sus manos quemadas por el asfalto inclemente hasta con los cauchos.

Se desplaza en una patineta acolchada y se empuja con las manos, emprendiendo una danza ágil entre los carros. Tiene muchos años aspirando a una silla de ruedas en calidad de donación porque comprar una es imposible para él y su familia. Comer es un reto todos los días, así que no imagino cuán duro ha de ser comprar semejante artilugio. La quiere para descansar en las noches porque el cuerpo duele y el corazón aprieta cada vez que tiene que pedir ayuda para algo.
                                
                Foto: @Marginal_Shot

La quiere para trasladarse en casa, y alcanzar a la mesa sin necesidad de que lo carguen o poder subirse a la cama sin mucho esfuerzo.

En varias alcaldías se la han "prometido" pero su patineta sigue siendo su medio de transporte. A veces usa guantes para proteger sus manos ya endurecidas pero cuando se gastan, conseguir un par nuevo es toda una hazaña.

Carlos es un personaje. Hablar con él llena el alma y su historia entristece a cualquiera, pero al mismo tiempo, inyecta ánimo en el corazón. No sé si es idea mía pero su mirada transmite calma, por desconcertante que parezca, y sus manos están tan golpeadas que es difícil imaginar que pueda haber realmente un gramo de felicidad en ese cuerpo maltratado. Pero la hay, y también mucha gratitud a pesar de los sin sabores. Por eso es un placer hablar con él, y escuchar detenidamente su voz desafinada que sale de esa garganta golpeada por el smoke.

Verlo de lejos acongoja un poco el pecho. Sus movimientos entre los carros son tan certeros que parece un vehículo más, pero en vez de motor, tiene dentro un corazón optimista que todos los días se levanta creyendo más en sí mismo y menos en los demás.

Sus piernas deformes son un problema de vez en cuando, pero aprendió a vivir la vida así, no conoce otra cosa, de manera que el sufrimiento por la discapacidad merma un poco cada vez que se recuerda a sí mismo que "Pa' lante' es pa' allá" y que Dios no lo abandona.

                     Foto: @Marginal_Shot

Carlos contrajo polio a los 4 meses de nacido y estuvo internado en el Hospital Ortopédico Infantil de Caracas hasta sus 8 años de edad, de manera ininterrumpida. Sus piernas, no respondieron nunca a estímulo alguno, y estuvo completamente deforme la primera parte de su vida.

Su mamá lo cuidaba día y noche y su papá, camionero, se rompía el lomo como podía para cargar la vida de un hijo enfermo y una esposa desempleada en la Venezuela de los 60's que, según cuentan las malas lenguas, era mucho mejor que la de Chávez. Pero no daré importancia a eso por ahora.

Carlos se traslada a mano todos los días a las 6 am, desde su casa hasta el semáforo habitual donde, desde hace algunos años, lo veo pararse a diario. Calculo que han de ser unos 5 o 6 kilómetros de recorrido, agarrándose del parachoques de los carros y haciendo señas desde el suelo para que no lo arrollen (otra vez). Ha tenido ya varios accidentes y como resultado algunas fracturas.

Me contó que logró estudiar hasta el 1er año de bachillerato y que una vez hizo un curso de dibujo arquitectónico. Le hubiese gustado ser profesional en eso, pero cumplir sus sueños no se le hizo fácil y lo dejó atrás, así como la confianza en las personas. Tiene mucho tiempo escuchando de promesas incumplidas y favores que nunca llegan. Especialmente aquellos que vienen del gobierno.

                Foto: @Marginal_Shot

Carlos disfruta la lectura y aún garabatea algunos bosquejos. Le gusta la arquitectura y conoce las calles de su ciudad, tan bien como la palma de  sus manos ásperas.
Es popular, no hay nadie por esta cuadra, o por el terminal de pasajeros, o por su casa, que no sepa quién es él.

Da de qué hablar con su ímpetu y destreza sobre la patineta, y se convierte en un espectáculo cuando rueda por el asfalto. Además, es experto llamando la atención de los choferes y pasajeros en su semáforo, donde comparte esquina con un malabarista con quien no he podido hablar, pero de quien estoy segura hay mucho por saber.

"Que Dios se lo pague" dice con frecuencia, cada ve que cae dinero en su botella de refresco picada a la mitad.
Una vez lo vi llorar cuando le regalaron un pedazo de pan.
Comer todos los días es un lujo que no puede darse.
Ya no puede trabajar, en el terminal no se lo permiten y, si no es ahí, ¿dónde más?
¿Haciendo qué?
Le faltan las piernas, al menos un par que pueda usar, pero aún le sobra vida. Una vida que se consume poco a poco en esa patineta porque, no puede "ser productivo" y ya nadie lo puede ayudar.

Carlos está en el grupo de los olvidados, esos que engordan y desproporcionan la estadística sobre la que ya nadie cuenta porque es demasiado abrumador para pensar en ella.
Carlos es uno más de los que sufre, padece y no come, en El País del hambre.

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